

Uso y abuso del espacio público: una deuda urbana pendiente
En muchas ciudades colombianas repetimos el mismo diagnóstico: falta espacio público. Lo decimos con razón, lo exigimos en planes de desarrollo y lo reclamamos en debates urbanos. Sin embargo, hay una verdad menos cómoda que rara vez asumimos: no es solo que falte espacio, es que tampoco sabemos usar el que tenemos. Y esa carencia de cultura cívica termina siendo tan dañina como cualquier déficit de metros cuadrados.
El espacio público debería ser un pacto colectivo. Un territorio común donde ninguna actividad privada domine, donde la calle, el parque o el andén funcionen como escenarios de igualdad. Pero en la práctica, lo hemos convertido en un campo de apropiaciones progresivas, guiadas por una lógica tan cotidiana como peligrosa: el “ya que”.
- Ya que tengo una caseta, pongo un techo.
- Ya que tengo un techo, saco mesas.
- Ya que saqué mesas, ocupo un poco más.
Así, paso a paso, lo público se va desdibujando. No de golpe, sino por acumulación. Lo vemos en las terrazas comerciales que nacen como extensiones ligeras del espacio urbano y terminan convertidas en un segundo local, cerradas, amobladas, consolidadas. La terraza deja de ser transición y se vuelve privatización silenciosa.
Lo vemos también en los restaurantes que techan andenes, anulando su función básica: permitir el tránsito libre. Un andén cubierto deja de ser ciudad y se convierte en interior comercial. No es una discusión normativa; es una ruptura directa del sentido de lo público.
Algo similar ocurre con los vacíos urbanos. Retiros, bahías y antejardines que deberían ser respiros para la ciudad terminan colonizados por ventas informales, estacionamientos improvisados o extensiones de bares. El vacío se interpreta como oportunidad de negocio, no como espacio colectivo.
A esto se suman prácticas que hemos normalizado: parques sacrificados como discotecas temporales durante ferias, canchas públicas cerradas al uso comunitario, plazas de mercado donde quienes sostienen la tradición son desplazados por lógicas extractivas, y noches que dejan muros sucios, jardines dañados y calles tratadas como territorio sin dueño.
El problema de fondo no es solo urbano, es cultural. Ninguna ciudad puede sostener una vida pública sana si no existe corresponsabilidad. El derecho a la ciudad no es únicamente el derecho a usarla, sino el deber de cuidarla.
Sí, nuestras ciudades necesitan más espacio público. Pero antes de construirlo, debemos preguntarnos si estamos preparados para habitarlo. Porque el problema no es la falta de espacio público: es la falta de responsabilidad colectiva. Y mientras no cambiemos nuestra cultura urbana, cualquier metro que ganemos lo volveremos a perder.
Arq. Santiago Dussán López, presidente SCA Caldas

LOS GANADORES
Los ganadores de la pasada Bienal del Espacio Público V 3, una iniciativa del DADEP y la SCA fueron:
El ganador del premio Fernando Jiménez Mantilla fue el “Proyecto de revitalización en torno al cable de San Cristóbal” Cuatro parques del Consorcio Arquitectura y espacio urbano (Carlos Puerta, Verónica Ortiz, Danilo Sepúlveda y colaboradores).
Los reconocimientos a las buenas prácticas en el espacio público construido también los obtuvieron este proyecto y el Proyecto Urbano PIP Bello Horizonte de la Secretaría Distrital del Hábitat.
El reconocimiento a las buenas prácticas en los espacios privados afectos al uso público lo obtuvo el proyecto CEFE Chapinero- parque Vertical de Alejandro Rogelis y su equipo.
El reconocimiento a las buenas prácticas en la gestión integral del espacio público lo obtuvo “Ecobarrio La Roca. De la tierra al viento” de la Secretaría Distrital del Hábitat.
Una mención especial en la categoría de Gestión la obtuvo el “Demos Centro internacional” de la Asociación Gremial Cívica Centro internacional San Diego Asosandiego.
El reconocimiento a las buenas prácticas académicas como aporte a la transformación del espacio público lo gano “Desorientación Sexual del Cis-tema Espacial Urbano de Sergi Gómez Gómez egresado de la Universidad Nacional de Colombia.
El premio Luz Amorocho Carreño al espacio emblemático de la ciudad 2025 fue para el “Parque Ecológico Distrital de Montaña Entrenubes” obtenido mediante la votación del público.
El Jurado estuvo conformado por los arquitectos Fernando Montenegro Lizarralde, Carlos Niño Murcia, Fernando Viviescas Monsalve, Diana Marcela Rodríguez Ríos y Edgar Enrique Duarte Quiroga.
Cito un aparte del acta de juzgamiento: “El Jurado quiere resaltar que el conjunto de los trabajos examinados participa del avance cultural que la ciudad ha alcanzado en la comprensión del complejo papel que juega la dimensión del Espacio Público en la construcción de la ciudad contemporánea, en tanto ámbito de existencia de la humanidad en el siglo XXI: cada uno de ellos da cuenta de un intento de construir ciudad a partir de haber re-imaginado lo público.
Sumado al hecho de que en todas las propuestas se hace evidente lo determinante de la participación ciudadana, las realizaciones dan cuenta del papel que ellas juegan en la consolidación de la convivencia ciudadana, la diversidad y la consolidación de nuestra responsabilidad en el cuidado y conservación de la naturaleza.
Todo lo cual, a juicio del Jurado, ha constituido una demanda fundamental de conocimiento que ha empezado a mover a las disciplinas del espacio —Arquitectura y Urbanismo— hacia innovaciones pedagógicas y metodológicas pertinentes y hoy posibles en el espectro cognitivo.”
Para más información ir a www.scabogota.org y al catálogo de la BEPBOG pronto a publicarse.

La tercera dimensión de lo público
En 2018, la Alcaldía de Bogotá convocó un concurso público de arquitectura para el CEFE Chapinero. Dada la importancia de Chapinero como centro urbano de la capital, nos sorprendió el lugar escogido para el equipamiento: un pequeño lote en el corazón del sector más exclusivo de la ciudad. Esta decisión me pareció polémica y se confirmó al descubrir que el proyecto enfrentaba duras críticas: la opinión pública descalificaba su ubicación y cuestionaba la legitimidad de construir un equipamiento público allí: Los equipamientos públicos “deberían localizarse en sectores vulnerables, donde los servicios escasean”. Pero es que la zona funciona como muchos grandes centros urbanos: un espacio de encuentro de múltiples grupos ciudadanos.
La población flotante supera con creces a la residente y, al habitar el lugar, se enfrenta a un sistema donde las arquitecturas son agentes de exclusión. El plano vertical actúa como límite y las alturas de la ciudad se asocian con privilegio y estatus.
Así, la actuación pública tenía una responsabilidad enorme. Concebí el CEFE Chapinero como el espacio más inclusivo en el contexto más exclusivo de la ciudad. Como un manifiesto del poder de lo público. La arquitectura debía desaparecer; el espacio público debía elevarse, liberarse, proyectarse en vertical. Una ciudad que sube para todos, donde los andenes se prolongan, las plazas flotan y las alamedas se suspenden entre niveles.
El edificio deja de ser objeto y se convierte en infraestructura urbana que conecta, acoge y celebra la diferencia. Cada altura es espacio público; cada terraza, un escenario de encuentro. En el primer año de funcionamiento, la idea se hizo tangible. Estudiantes se detienen en terrazas para estudiar o conversar, disfrutando las visuales hacia los cerros bogotanos y la ciudad que se despliega ante ellos. Familias caminan por jardines suspendidos, respirando un aire que antes parecía reservado. Trabajadores encuentran pausa y sombra, mientras artistas transforman plazas y pasajes en ágoras modernas.
Las prácticas de apropiación ciudadana no solo validan la propuesta, sino que la transforman continuamente, demostrando que un edificio puede dejar de ser un objeto para convertirse en infraestructura viva de la ciudad.
El reconocimiento en la Bienal de Espacio Público de Bogotá otorgado por la Sociedad Colombiana de Arquitectos y el DADEP no celebra un objeto formal. Reconoce una idea contemporánea de ciudad: aquella en la que el espacio público no se restringe ni se agota en el suelo, sino que se expande, se eleva y se proyecta hacia arriba, incluyendo a todos sus habitantes.
El CEFE Chapinero pone en evidencia que la ciudad puede subir sin excluir. Que la altura deja de ser privilegio y se convierte en un derecho compartido. Que lo público puede ser vertical, vivo y abierto. Y que, cuando eso sucede, la ciudad aprende a encontrarse consigo misma.
Arquitecto Alejandro Rogelis, ganador en la BEPBOG V3

ESPACIO PÚBLICO Y MINORÍAS
Iniciamos una serie de columnas sobre los proyectos y los autores ganadores de la pasada Bienal del Espacio Público V3, una iniciativa de la SCA Bogotá D. C. y Cundinamarca y el DADEP.
En esta ocasión se incorporó una nueva categoría, la de proyecto académico, en la que participaron proyectos de estudiantes de los últimos semestres de arquitectura. El jurado le otorgó el reconocimiento a las buenas prácticas académicas como aporte a la transformación del espacio público al proyecto “Desorientación sexual del cis-tema espacial urbano” de Sergi Gómez Gómez de la universidad Nacional. *
Los proyectos académicos, al estar desligados de las exigencias de un proyecto profesional, permiten exploraciones y enfoques que pueden dar respuestas a temas que no se abordan en otros ámbitos, y aquí se vuelven muy importantes la identificación del problema y las preguntas que se formulan buscando una respuesta.
Este proyecto está planteado desde la periferia (económica, social y hasta geográfica) y cuestiona la arquitectura y el urbanismo como instrumentos que han servido para “reforzar las normas cis -heteronormativas y excluir cuerpos disidentes”
También pone en cuestión desde la forma de aproximarse a un problema hasta el papel de la arquitectura para darle respuesta a ese problema.
Desde la conciencia del cuerpo, de la existencia, de la pertenencia a un grupo específico (en este caso “marika -travesti -kuir”), del deseo, plantea formas de habitar y de apropiarse del espacio público, ese espacio que se vuelve, muchas veces porque no se tiene acceso otro, el lugar de la vida, de la relación, de la expresión, de ejercer ese derecho a la ciudad a menudo de una manera desafiante y agresiva con lo establecido, pero no carente de motivación.
También nos muestra que hacer arquitectura no es solo proyectar y construir espacios y objetos, sino que también es resignificar espacios y objetos existentes y plantear otras formas de habitar lo existente, y toma espacios públicos también periféricos, remanentes, espacios de no ciudad.
El espacio público que tenemos hoy no es más que el reflejo de nuestra sociedad con sus tensiones, conflictos, desequilibrios, aspiraciones y narrativas.
El ideal de conseguir un mejor espacio público (ordenado, limpio, seguro, sostenible e incluyente) es tarea no solo de arquitectos y urbanistas, sino de todos como sociedad para superar todas estos conflictos e inequidades y de pronto pasa también por la revisión de ese ideal de espacio público.
*Para entender mejor este contexto ver el artículo “Entre diseñar la marikada y travestir el espacio: De disidencias sexo-genéricas en la arquitectura” del autor en: